EL Rincón de Yanka

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EL CAMINO DE CUARESMA

EL CAMINO DE CUARESMA








jueves, 22 de febrero de 2018

REGRESANDO A CASA



Scott Hahn, teólogo y pastor presbiteriano, ha escrito un libro sobre su conversión y la de su esposa, que ha sido best-seller en USA. En él nos dice: “Mi abuela era la única católica de mi familia: una discreta, humilde y santa mujer. Mi padre me dio sus objetos religiosos, cuando ella falleció. Los miré con repugnancia y horror. Tomé el rosario entre mis manos y lo rompí, diciendo: Dios mío, líbrala de las cadenas del catolicismo que la han tenido aprisionada. También rompí sus libros de oración y los tiré a la basura, esperando que esa superstición sin sentido no hubiera condenado su alma… No siento el menor orgullo de haber actuado así, pero lo cuento para hacer ver lo profundas y sinceras que son las convicciones anticatólicas de muchos cristianos de la Biblia. Yo no era anticatólico por un fanatismo malhumorado, sino por convicción”.

“Los católicos no tienen idea de lo dura que resulta para los cristianos bíblicos aceptar las doctrinas y devociones marianas. Pero eran ya tantas las doctrinas de la Iglesia, que habían demostrado estar sólidamente basadas en la Biblia, que acepté dar también un paso de fe en esto. Y recé: María, si eres tan sólo la mitad de lo que la Iglesia católica dice que eres, por favor, presenta por mí esta petición al Señor. Y recé mi primer rosario. Lo recé muchas más veces y, tres meses más tarde, me di cuenta de que, desde el día en que yo había comenzado a rezar el rosario, aquella situación, aparentemente imposible, había cambiado. ¡Mi petición había sido escuchada! Y volví a tomar el rosario, que no he dejado de rezar desde aquel día”.
“En ninguna parte de la Biblia se dice: Tienes que aceptar a Jesucristo como tu Señor y Salvador personal. Es una buena cosa hacerlo, pero no era eso de lo que el Señor hablaba, cuando le dijo a Nicodemo en Juan 3,3 que tenía que nacer de nuevo. Jesús clarificó lo que Él quería decir al afirmar, tan sólo dos versículos más adelante: Tienen que nacer del agua del Espíritu, con lo que Él se refería al bautismo”.
“En mi clase de historia de la Iglesia un alumno me preguntó:
- Profesor, ¿dónde enseña la Biblia que la Escritura es nuestra única autoridad?
- Veamos 2 Tim 3,16-17: Toda Escritura, inspirada por Dios, es útil para enseñar, para rebatir, para corregir y para formar en la justicia…
- Pero, cuando Pablo dice toda Escritura no dice sólo la Escritura. Y san Pablo a los Tesalonicenses (2 Tes 2,15) habla de guardar las tradiciones que recibisteis de palabra o por carta…

Estudié toda la semana sin llegar a ninguna conclusión. Llamé incluso a varios amigos, pero no hice ningún progreso. Finalmente, hablé con dos de los mejores teólogos de América y todos aquellos a los que consultaba se sorprendían de que yo les hiciera esa pregunta. Uno de ellos me dijo:

- Scott, en realidad, tú no puedes demostrar la doctrina de sola Scriptura con la Escritura. La Biblia no enseña explícitamente que ella sea la única autoridad para los cristianos. En otras palabras, sola Scriptura es, en esencia, la creencia histórica de los reformadores, frente a la pretensión católica de que la autoridad está en la Escritura y, además, en la Iglesia y en la tradición. Para nosotros, por tanto, ésta es sólo una presuposición teológica, nuestro punto de partida, más que una conclusión demostrada…

- Nosotros, le dije, insistimos en que los cristianos sólo pueden creer lo que la Biblia enseña, pero la propia Biblia no enseña que ella sea nuestra única autoridad. Y le pregunté:
- ¿Cuál es para ti el pilar y fundamento de la verdad?
- La Biblia, por supuesto.
- Entonces ¿por qué la Biblia dice en 1 Tim 3,15 que la Iglesia es el pilar y fundamento de la verdad?

“En ningún lugar, la Biblia reduce la Palabra de Dios a la sola Escritura. Más bien, la Biblia nos dice, en muchos lugares que la Palabra de Dios debe buscarse en la Iglesia: en su Tradición (2 Tes 2,15; 3,6), lo mismo que en su predicación y enseñanza (1 Pe 1,25; 2 Pe 1,20-21; Mt 18,17). Por eso, pienso que la Biblia sostiene el principio católico de sólo Palabra de Dios, en vez de sólo la Biblia… Los historiadores de la Iglesia están de acuerdo en que recibimos el Nuevo Testamento del concilio de Hipona (año 393) y del concilio de Cartago (año 397), los cuales enviaron sus decisiones a Roma para ser aprobadas por el Papa. ¿No le parece que del año 30 al 393 es demasiado tiempo para estar sin Nuevo Testamento? Además, había otros muchos libros que la gente de entonces creía que podían ser inspirados como la Epístola de Bernabé, el Pastor de Hermas y los Hechos de Pablo. Había también libros del Nuevo Testamento, como la segunda carta de Pedro, la de Judas y el Apocalipsis, que algunos consideraban que debían ser excluidos. Entonces, ¿quién tendría la decisión fidedigna y definitiva, si la Iglesia no enseñara con autoridad infalible?”.

“Como evangélico calvinista me habían enseñado que la misa católica era el sacrilegio más grande que un hombre podía cometer: inmolar a Cristo otra vez. Un día fui yo solo a misa… Observaba y escuchaba atentamente a medida que lecturas, oraciones y respuestas convertían la Biblia en algo vivo. Hubiera querido interrumpir cada parte y gritar: Eh, ¿queréis que os explique lo que están pasando desde el punto de vista de la Escritura? ¡Esto es fantástico! Pero, en vez de eso, allí estaba yo sentado, languideciendo por un hambre sobrenatural del pan de vida. Tras pronunciar las palabras de la consagración, el sacerdote mantuvo elevada la hostia. Entonces, sentí que la última sombra de duda se había diluido en mí. Con todo mi corazón musité: Señor mío y Dios mío. ¡Tú estás verdaderamente ahí! Y, si eres Tú, entonces, quiero tener plena comunión contigo. No quiero negarte nada… Pero, al día siguiente, allí estaba yo otra vez y así día tras día. No sé cómo decirlo, pero me había enamorado, de pies a cabeza, de Nuestro Señor en la Eucaristía. Su presencia en el Santísimo sacramento era para mí poderosa y personal”.

“La Vigilia Pascual de 1986 fue un momento de verdadera alegría sobrenatural. Recibí la combinación ganadora sacramental: el bautismo condicional, la confesión, la confirmación y la primera comunión. Regresé a mi banco y me senté al lado de mi acongojada esposa (no quería que me convirtiera). Le pasé mi brazo alrededor y empezamos a orar. Sentía que Cristo mismo, por medio de la Eucaristía en mí, nos abrazaba a los dos”.
“Amigos íntimos se distanciaron. Miembros de mi familia dejaron de hablarme y me dieron la espalda… Me hacían sentir como un leproso. Pero el dolor y la desolación no podían compararse con la alegría y la fortaleza que surgían de saber que yo estaba haciendo la voluntad de Dios y obedeciendo su Palabra. Comparados con el privilegio de ir diariamente a misa y recibir la santa comunión, mis sacrificios parecían mínimos”.
“Desde la conversión de Kimberly (mi esposa), podemos compartir todo esto en familia. Nos esforzamos por asistir diariamente a misa como familia en la Universidad. Con la Eucaristía, como centro de nuestras vidas, somos capaces de mostrarle a nuestros hijos cómo la Biblia y la liturgia van unidas, como el menú con la comida”.

“A los hermanos (separados) les falta nada menos que la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Por decirlo de forma sencilla: ellos estudian el menú mientras nosotros disfrutamos de la comida. Pero, con demasiada frecuencia, ni siquiera (los católicos) conocemos los ingredientes y no podemos compartir la receta. ¿Acaso nos pide demasiado nuestro Señor a los católicos, al decirnos que hagamos más, mucho más, para ayudar a nuestros hermanos separados a descubrir en el Santísimo sacramento al Señor que tanto aman? Si nosotros no lo hacemos, ¿quién lo hará?…. Jesucristo nos quiere a todos en la Nueva Alianza que Él ha establecido por medio de su carne y de su sangre, la misma alianza que renueva en la santa Eucaristía… Él quiere que vivamos de acuerdo a la estructura familiar que ha establecido para su Iglesia en la tierra: el Papa y todos los obispos y sacerdotes unidos a Él. Volved a casa en la Iglesia fundada por Cristo. La cena está preparada y el Salvador nos llama. Dice en Ap 3,20: He aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo”.

“Damos gracias a Dios por el regalo de nuestra conversión a Jesucristo y a la Iglesia católica que él fundó; porque sólo por la asombrosa gracia de Dios hemos podido hallar el camino de vuelta a casa”.

“La Iglesia está fundada sobre la roca de Pedro”
(San Jerónimo, Carta 43, 3.7).





miércoles, 21 de febrero de 2018

"FARIÑA" EL LIBRO DE NACHO CARRETERO PARA ENTENDER LA HISTORIA DEL NARCOTRÁFICO GALLEGO


"FARIÑA": Un libro imprescindible para entender la historia del narcotráfico en España. El periodista Nacho Carretero repasa los personajes, las tramas y los clanes relacionados con el negocio de la cocaína en Galicia, que convirtió a las Rías Baixas en la puerta de entrada de esta droga en Europa.

Nacho Carretero (A Coruña, 1981) regresa a su Galicia natal para contar la historia y las indiscreciones del narcotráfico que regó la ría de Arousa de dinero, corrupción y muerte. El periodista repasa el camino que siguió el contrabando hasta convertir a los clanes gallegos en los cómplices de los carteles colombianos para exportar droga a Europa. Desde las prácticas del estraperlo con medicamentos, armas o alimentos después de la Guerra Civil, el sur de la región convirtió a raia seca, la frontera difusa que separa a Portugal de Galicia, en territorio de nadie. Tampoco de las fuerzas de seguridad ni de las autoridades judiciales.

Carretero inicia su relato con una narración histórica que ayuda a conocer los porqués del fenómeno. De esta manera podemos comprobar como los inicios del “producto más exportado de Galicia por encima del marisco” no se debieron meramente a motivos geográficos, sino que en las costas gallegas ya existía una trabajada infraestructura del contrabando desde mucho tiempo atrás y que la introducción de la droga en el negocio se debió fundamentalmente a la mayor rentabilidad que ofrecía cada descarga.

El periodista traza la cronología del narcotráfico de forma brillante, explicando cómo es posible que una sociedad llegue a aceptar como normal las prácticas del contrabando de tabaco primero, y de la cocaína después. En la lógica que rodea a la farlopa, también se hallan los ingredientes que vician a una población marcada por el tráfico de la droga en la década de los ochenta y noventa. "Los contrabandistas son la gente más honrada que existe", llegó a decir Manuel Díaz, que fuera alcalde de A Guardia. Le apodaban "Ligero" por lo rápido que corría delante de la Guardia Civil cuando hacía contrabando con Portugal. Él era uno de ellos. Igual que Marcial Dorado, Sito Miñanco, Manuel Charlín y Laureano Oubiña.

Los principales narcos de los clanes gallegos trabajaban con total impunidad, amparados por el silencio de muchos vecinos, policías y políticos que durante mucho tiempo miraron para otro lado. Carretero desgrana de forma exhaustiva las relaciones entre los diferentes grupos de familias, a veces unidos, otras enfrentados. Las descargas de tabaco primero y luego de fariña -harina, nombre popular en gallego con el que se bautizó a la cocaína- contaron con el apoyo cómplice de una buena parte de la sociedad de la ría de Arousa. En ese contexto se riega la semilla perfecta para que la droga germine. Niños que quieren ser contrabandistas de mayores, mujeres de narcos que se quejan de los yonkis, políticos que impunemente se aprovechan del dinero de la coca para conseguir apoyos, policías que dan chivatazos. Eso fue lo que ocurrió en Galicia hasta hace no tanto.

El periodista no solo repasa de manera minuciosa las redes del narcotráfico. También revela el papel fundamental que tuvieron las "madres coraje" de los jóvenes sumidos en el infierno de la droga. Organizaciones como la asociación Érguete (Levántate, en castellano), con Carmen Avendaño a la cabeza, fueron clave para despertar la conciencia de la clase política y de la sociedad. Sus concentraciones a la puerta del Pazo de Baión, propiedad por aquel entonces de Oubiña, fue la señal de que en Galicia pasaba algo. Algo contra lo que había que luchar. "Cuatro valientes, si acaso, cuatro inconscientes, levantaron la voz contra las organizaciones que engordaban sin obstáculo en la Galicia de la segunda mitad de los 80", narra Carretero.

Organizaciones sociales como Érguete fueron clave para luchar contra los narcos que sumieron a miles de jóvenes en el infierno

Pero si algo caracteriza a este libro es la búsqueda de la objetividad, tan difícil siempre de alcanzar y más a la hora de tratar un tema tan peliagudo como éste. Carretero adopta una estrategia inteligente; deja hablar a los protagonistas, a la gente de los pueblos costeros gallegos, a los investigadores, a los policías, a los jueces, a los arrepentidos, a las crónicas de periódicos de la época. Algunas insinuaciones son especialmente sangrantes, como la de un narcotraficante colombiano, que presume de haber logrado su liberación de las cárceles españolas a cambio de 20 millones de dólares (“5 de los cuales se los quedó Felipe González“).



Y es que las conexiones del contrabando con la clase política de la época fueron más que evidentes; “Todos los partidos de la época se financiaron con el narcotráfico”, sentencia un juez en el libro. Alianza Popular, predecesor del actual Partido Popular, es el más señalado, entre otros motivos porque era y sigue siendo el partido hegemónico en Galicia. Para el recuerdo queda la foto del actual presidente de la Xunta, Núñez Feijóo, con el narcotrafricante Marcial Dorado en el yate de este último. Una foto que, como recuerda Carretero, no tuvo consecuencias políticas.
Hubo un tiempo en el que los clanes gallegos contaron con la complicidad social, policial y política para engordar sus ingresos a costa de una sociedad que también miró para otro lado
Uno de los problemas que puede encontrarse el lector es la gran cantidad de nombres propios y de familias que aparecen en la novela y que llegan a hacer la lectura algo caótica. Pese a ello, la estructura del libro es muy acertada, ya que va de lo general a lo específico, del ambiente de impunidad, delincuencia y riqueza propiciado por la droga a la idiosincrasia de los Charlín, Oubiña, Miñanco y demás líderes mafiosos. El trabajo de documentación es magnífico; del relato se desprende la minuciosa tarea del autor para conocer a fondo los orígenes de los contrabandistas, sus primeros pasos y cómo el carácter y las costumbres de cada uno marcan su futuro y el de sus colindantes. Los hubo de todo tipo: supersticiosos, analfabetos, cultos, mujeriegos, religiosos, ostentosos, discretos, generosos, violentos…
Fueron años de un fuerte vacío legal y moral, en los que la permisividad se unió al desconocimiento y a una ley que era tan punitiva con el tráfico de estupefacientes como con el tabaco. Como explica Carretero, por desgracia, la película que mejor representa la problemática de aquella época es Airbag, con la figura de un narcotraficante gallego con tanto dinero como contactos políticos y falta de escrúpulos.
Pero afortunadamente Galicia no se convirtió en Medellín ni en Sicilia. Prueba de ello es que Carretero haya podido publicar este libro sin presiones -hasta ahora- y sin tener que temer por su vida, a diferencia de Roberto Saviano, escritor que puso sobre papel las miserias de la mafia italiana en 2006 con Gomorra y que aún hoy tiene que vivir protegido las 24 horas del día. Su último trabajo, CeroCeroCero, trata también el tema del tráfico de cocaína aunque, como él mismo aseguró en una entrevista, su vida quedó arruinada con su primera investigación.
Buena parte de la culpa del fin de la impunidad la tuvieron un grupo de valientes mujeres, las llamadas ‘Madres contra la droga’, a quienes Carretero da la importancia que merecen en su relato. Ellas, cansadas de ver cómo sus hijos mendigaban, robaban y morían en las cunetas sin que nada pasase se organizaron, protagonizaron los primeros escraches contra los capos y sus familias y consiguieron que el foco público se posase sobre quienes habían vivido tranquilamente en las sombras.
Sin duda nos encontramos ante una lectura de lo más recomendable, que muestra una de las muchas manchas de la historia de España y de cómo Galicia pudo haber sido otra región más dominada por las mafias. Con todo, el problema del narcotráfico no ha sido borrado de las costas gallegas, como bien recuerda Carretero, si bien sus líderes no cuentan con la protección e incluso el prestigio que disfrutaron durante décadas.

Aquellas protestas germinaron en las primeras redadas contra el narcotráfico gallego. La Operación Nécora, dirigida por el juez Baltasar Garzón y el fiscal Javier Zaragoza, fue la primera de muchas operaciones contra los clanes de la fariña. En el libro, Carretero explica de forma clarividente cómo la presión social consiguió reformas políticas muy importantes en la lucha contra la droga. Entre otras, la reforma contra la ley del blanqueo de capitales de 1988, en la que se tipificó por primera vez el de los bienes procedentes del narcotráfico. Fue de este modo como Hacienda se convirtió en el azote de los capos. Y uno a uno, fueron cayendo.

Terminar con la complicidad social o blindar la legislación contra la droga y la evasión fiscal fueron claves, según Carretero, para que Galicia no se convirtiera en Sicilia. Pocos fueron los que alzaron la voz en aquella ría de Arousa del silencio. Pero el alarmismo que cuajó en España sobre la situación del narcotráfico en los ochenta y los noventa, especialmente por la generación perdida, provocó también una espiral de olvido informativo a día de hoy. Los históricos cayeron, pero la cocaína sigue entrando. Si antes se miraba para otro lado con la droga, dice el periodista, ahora se mira para otro lado con los narcos. Es la conclusión de un libro que va ya por la cuarta edición, una crónica que cae en el lector como un jarro de agua fría. Brillante y duro a partes iguales, la obra de Nacho Carretero es tan necesaria como imprescindible.

Por cierto, se ha anunciado recientemente que Antena 3 emitirá una serie basada en Fariña. Sólo espero que la ficción mantenga la esencia del libro: la de exponer, sin condenas morales previas ni maniqueísmos, la influencia del tráfico de drogas en las costas gallegas y de aquellos que se beneficiaron y aún se benefician de este lucrativo y pernicioso negocio.



EQUIPO DE INVESTIGACIÓN - LOS NUEVOS NARCOS


INFANTICIDIO E INDIFERENCIA COBARDE Y CÓMPLICE DE LOS ADULTOS




A Rosa Jiménez y su familia, 
sintiendo su dolor como mío.

I
Hace cuatro años, hablé de la muerte de Leonel Piñango, un niño asesinado por un GNB, mientras volaba papagayo con unos amiguitos. Un caso espantoso. Dolió en aquel entonces.

Una vez , hablé de lo que creía era el Infanticidio Nacional a raíz de la detención de un niño en una protesta en Caracas, llevado a rastras por un policía. Indignó en aquel entonces.

Vendrían luego los casos del niño Kluivert Roa, de Neomar Lander y de tantos, tantos muchachos, que ya se cuentan por miles. Solo hablando de los conocidos. Si vamos a los anónimos, llegamos a las decenas de miles o quien sabe. Horror mayúsculo.

Pero el horror es mayúsculo y doble, pues no solo es el horror que se padece, sino el horror magnificado por la indiferencia de quienes viendo el padecimiento, viven como si nada pasara. No parecen conmoverse millones ante el sufrimiento de miles. Como si no lo vieran, como si la compasión se esfumó de la sociedad.

Pero, a pesar de esa indiferencia adulta, que creció y se enquistó, el horror siguie, sin detener su marcha ni su ritmo.

II
Desde el 20 de julio de 2013, la emisora Radio Caracas Radio me ha dado refugio en sus estudios, junto a Nehomar Hernández, para dar a conocer mi opinión y, mucho más importante, conocer la opinión de la inmensa audiencia que tiene la emisora. De esa manera, durante casi cinco años, hemos logrado conocer de primera mano las angustias de quienes nos llaman o escriben, de sus vivencias, de sus tristezas y alegrías, en medio de tanto horror. Y de algunos, casi somos familia ya.

Muchos de nuestros oyentes actuales, nos acompañan desde ese primer día sábado. Un programa sabatino donde se hablaba de política y se permitía la participación de la audiencia, que por varios avatares del destino, pasó a ser de emisión diaria cuando durante la semana empezaron a quedar espacios vacíos producto de la censura del régimen contra compañeros como Iván Ballesteros o Nitu Pérez Osuna. Voces que siempre estaban allí para hacer sentir su presencia y su opinión, a veces de acuerdo a veces en desacuerdo, con lo que debatíamos. Teresa Padilla, Luis Chirinos, Luis Cruz, Alegría González, Francisco Romero, Rosa Jiménez. A Rosa, de Guatire, la empezamos a conocer como “la cabillera de Guatire” como ella misma se bautizó, porque siempre lograba que la llamara le cayera y siempre opinaba, de forma bastante graciosa, sobre hechos que complicaban la vida de los venezolanos y que el régimen acostumbraba dejar servido en bandeja de plata para la burla.

Esta semana, escuchando a Thays Peñalver en su programa de los mediodías en la emisora, con atención oía a Thays conversar con la siempre puntual Blanca Rosa Mármol sobre la justicia en el país. Y al abrir las llamadas, allí estaba Rosa Jiménez, de Guatire, con su tono de voz habitual de siempre. Y participa para decirle a Thays algo así: Este fin de semana que pasó, en el hospital de Guatire nacieron unos gemelos prematuros, sietemesinos. No había incubadora en condiciones para tenerlos y los dos bebes murieron. Y Rosa remata diciendo. “Doctora ¿y sabe por qué se todo eso? Porque esos bebes eran mis bisnietos”.

Un inmenso corrientazo me recorrió la columna. Un corrientazo físico. Me sentí electrocutado al escuchar a Rosa, normalmente jocosa y alegre a pesar de las circunstancias, con la voz quebrada y triste, gimiendo su dolor de madre, de abuela, de bisabuela. Su impotencia. Me quedé atónito. Quise correr a abrazarla y llorar con ella.

Las palabras con las que Thays y Blanca Rosa Mármol respondieron a esa noticia tan terrible, fueron para mi un complemento a mi estupor. El reclamo de Thays y de Blanca Rosa, fue el reclamo también de dos madres y de dos abuelas, pero también de dos ciudadanas venezolanas que señalaron al sitio de la sociedad donde están los indiferentes a ese dolor. La pregunta que quedó en el ambiente fue ¿Dónde están ustedes, los que gritaban “con hambre y desempleo, con Chávez me resteo?” ¿Dónde están ustedes, los que gritaban “Así es que se gobierna” cada vez que el insepulto comandante de la desgracia gritaba “¡Exprópiese!”? ¿Dónde están ustedes, los que se enorgullecían de chocar el puño contra su palma, a modo de saludo amenazante, cuando veían a opositores expresándose en las calles?

¿Y dónde están ustedes, los que se iban a la playa cuando había marchas opositoras? ¿Dónde están ustedes, los falsos ciudadanos que creen que su único deber es ir a votar cuando lo convocan, sin importarle que hacen con su voto ni con el resultado de esas elecciones, sin reclamarle a los dirigentes que una y otra vez los llevan a votar, enclaustrados todos en un electoralismo que usan de coartada para su superioridad moral?

¿Donde están? ¿A dónde se fueron todos?

III
Es indiferencia en principio pero indolencia al final. Sobre la tumba de la República está la lápida de la indolencia nacional e internacional. Adornan esa lápida, epitafios como “Bueno, qué le vamos a hacer”. Internacionalmente, la indolencia, la indiferencia y la irresponsabilidad, se presentan cínicamente en discursos de personajes como Juan Manuel Santos y su canciller María Holguín, quienes hoy, en los últimos meses de sus largos ocho años de gestión de gobierno en Colombia, se horrorizan porque hay venezolanos dumiendo en sus estaciones de buses, vendiendo chucherías en los semáforos o colmando pasos fronterizos. Indignada la Canciller, reclama la situación con las parturientas venezolanas que llegan a hospitales públicos colombianos, desconociendo lo que significa parir en Venezuela, pero “haciéndose la paisa” a su vez con la responsabilidad que tiene con el agravamiento de la situación en Venezuela, al pasar 7 de sus ocho años de gestión sirviendo de aguantapatas a la tiranía chavista, a la cual se negaba a condenar, con la cual colaboraron entregando perseguidos como Lorent Saleh y Gabriel Valles a un régimen que los encarcelo y torturó sin permitirles siquiera tener un juicio.

El indiferente gobierno colombiano y su indolente Canciller, su Nobel presidente y su irresponsable opinión pública, puso alma, vida y corazón en ignorar la situación en Venezuela para no incomodar al régimen venezolano en medio de ese proceso de paz con la narcoguerrilla de las FARC, haciendo una “Operación Chamberlain” donde se les dio a escoger entre la desvergüenza y la guerra, escogieron la desvergüenza y, parafraseando a Churchill, tendrán también la guerra. Esos desplazados venezolanos son víctimas, muchos, de sí mismos por haberse negado a luchar contra el régimen que hoy los hace huir. Pero son también víctimas de la indiferencia de quienes creen que a ellos no les pasará lo mismo pronto, o de quienes pudiendo hacer algo desde sus posiciones para evitar la metástasis, le dieron más cigarros gratis al amigo con enfisema.

Y la indolencia sigue su curso. La indiferencia llegó a la adultez mientras los niños venezolanos siguen esperando su turno en la lista de la desgracia: pueden morir de hambre o de enfermedad, de parto o de sobresalto, de un balazo o con una bomba lacrimógena lanzada a mansalva a la cabeza. De miedo, de llanto. De cualquier síntoma.

Pero la enfermedad es la indiferencia convertida en su etapa superior: Indolencia.

IV
Aquí, en mi exilio que apenas comienza, cuando camino por las tranquilas calles alemanas llenas de historia, me pregunto ¿Cómo hablarán los historiadores del futuro de esta Venezuela que nos vio partir a muchos, que vio morir a tantos y que padece tanto horror? Ayer, hundido entre los libros de la biblioteca pública que me refugia todas las tardes en esta ciudad, me respondí: De esta Venezuela dirán los historiadores que no es más que una tierra llena de padres sin hijos, de abuelos sin nietos y de niños que cargan ataúdes de otros niños, mientras esperan su turno para morirse también.
A veces, el gentilicio es, más que una nacionalidad, un dolor.