EL Rincón de Yanka

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#GALICIANOARDELAQUEMAN

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martes, 17 de octubre de 2017

ANOTACIONES SOBRE EL NACIONALISMO DE GEORGE ORWELL


George Orwell

"Todo imbécil execrable, que no tiene en el mundo nada de que pueda enorgullecerse, se refugia en este último recurso, de vanagloriarse de la nación a que pertenece por casualidad." Arthur Schopenhauer

“El orgullo más barato es el orgullo nacional, que delata en quien lo siente la ausencia de cualidades individuales.” Goethe
En tiem­pos como en los que esta­mos viviendo, fuer­te­mente marca­dos por el descon­tento civil al rede­dor del mundo, este no siempre se refleja bajo la forma de marchas, mani­fes­ta­ciones y protes­tas sino que también – y como la histo­ria nos ha mostrado – resur­gen progre­si­va­mente y con fuerza los nacio­na­lis­mos y todo tipo de extre­mis­mos (reli­gio­sos, fascismo, y claro, terro­ris­mo–). George Orwell en este, su exce­lente ensayo “Notes on Natio­na­lism” escrito en las etapas finales de la segunda guerra mundial y publi­cado en mayo de 1945 , esta­blece una defi­ni­ción del nacio­na­lismo que va más allá de las barre­ras geográ­fi­cas y poli­ti­cas. La presen­cia del nacio­na­lismo es visible en muchos pasajes de la histo­ria, y es frecuente aún en el mundo contem­porá­neo. Aquí les presen­ta­mos un resu­men de la obra.
Anota­ciones sobre el Nacio­na­lismo

Existe un hábito de la mente que está hoy tan exten­dido que afecta nues­tro pensa­miento en casi todo tema, pero al que no se le ha dado todavía un nombre. Como su más cercano equi­va­lente que existe he esco­gido la pala­bra “nacio­na­lismo”, pero como se verá en un momento no estoy usán­dola en el sentido ordi­na­rio, sencil­la­mente porque la emoción de la que hablo no siempre se refiere a lo que se conoce como nación –esto es, una raza deter­mi­nada o un área geográ­fica. Puede apli­carse a una igle­sia o clase, o puede trabajar en un sentido mera­mente nega­tivo, contra algo y sin la nece­si­dad de algún objeto posi­tivo de leal­tad.

Por “nacio­na­lismo” quiero refe­rirme primero al hábito de asumir que los seres huma­nos pueden ser clasi­fi­ca­dos como insec­tos y que grupos ente­ros de millones o dece­nas de millones de perso­nas pueden razo­na­ble­mente ser etique­ta­das como “buenas” o “malas.” Pero en segundo lugar –y esto es mucho más impor­tante- quiero refe­rirme al hábito de iden­ti­fi­carse uno mismo con una deter­mi­nada nación u otra unidad, colocán­dola más allá del bien y del mal y reco­no­ciendo no otro deber que el de apoyar sus inter­eses. El nacio­na­lismo no debe ser confun­dido con el patrio­tismo. Ambos térmi­nos son normal­mente usados de forma tan vaga que cualquier defi­ni­ción está sujeta a cues­tio­na­miento, pero uno debe dife­ren­ciar entre ellas, pues encier­ran dos ideas distin­tas y hasta opues­tas. Por “patrio­tismo” me refiero a la devo­ción a un lugar en parti­cu­lar y a un parti­cu­lar estilo de vida, los cuales uno cree que son los mejores del mundo pero sin tener la menor inten­ción de forzarlo a los demás. El patrio­tismo es por natu­ra­leza defen­sivo, tanto mili­tar­mente como cultu­ral­mente. El nacio­na­lismo, por otro lado, es inse­pa­rable del deseo de poder. El propó­sito perdu­rable de todo nacio­na­lista es el de asegu­rar más poder y pres­ti­gio, no para sí mismo sino para la nación u otra unidad a la cual ha deci­dido some­ter su propia indi­vi­dua­li­dad.

Un nacio­na­lista es alguien que piensa sola­mente, o prin­ci­pal­mente, en térmi­nos de pres­ti­gio compe­ti­tivo. Puede ser un nacio­na­lista posi­tivo o nega­tivo –esto es, puede emplear su energía ya sea en promo­ver o en deni­grar- pero en todo caso sus pensa­mien­tos giran siempre en torno a victo­rias, derro­tas, triun­fos y humil­la­ciones. El nacio­na­lista ve la histo­ria, espe­cial­mente la contem­porá­nea, como la inter­mi­nable suce­sión de ascen­sos y declives de unidades de poder, y cada evento que tiene lugar le parece una demos­tra­ción de que su propio bando está en ascenso y algún bando rival muy odiado está en descenso. Pero final­mente, es impor­tante no confun­dir el nacio­na­lismo con la mera alabanza del éxito. El nacio­na­lista no es alguien que simple­mente tiene como prin­ci­pio estar siempre del lado del grupo más fuerte. Al contra­rio, una vez que ha elegido su grupo, se conven­cerá a sí mismo de que aquel es el más fuerte, y estará en capa­ci­dad de mante­ner tal creen­cia aún cuando los hechos estén avasal­la­do­ra­mente contra dicha creen­cia. El nacio­na­lismo es hambre de poder alimen­tada por el autoen­gaño. Todo nacio­na­lista es capaz de la más flagrante desho­nes­ti­dad, pero también – desde que esta consiente de servir algo más grande que a él mismo- está firme­mente seguro de estar en lo correcto.

Sería una sobre­sim­pli­fi­ca­ción decir que todas las formas de nacio­na­lismo son iguales, aún en sus esque­mas mentales, pero hay cier­tas reglas que apli­can bien a todos los casos. Las siguientes son las prin­ci­pales carac­terís­ti­cas del pensa­miento nacio­na­lista:

OBSESIÓN

En térmi­nos gene­rales, ningún nacio­na­lista piensa, habla o escribe sobre otra cosa que la super­io­ri­dad de su propia unidad. Es difí­cil, sino impo­sible, para cualquier nacio­na­lista escon­der su leal­tad. Si la unidad de su leal­tad es un país, decla­rará la super­io­ri­dad de éste no sólo en térmi­nos mili­tares y de virtud polí­tica, sino también en el arte, la lite­ra­tura, el deporte, la estruc­tura lingüís­tica, la belleza física de sus habi­tantes, y quizás incluso hasta en el clima, paisajes y cocina. Mostrará una gran sensi­bi­li­dad sobre aspec­tos tales como la correcta manera de enar­bo­lar la bandera, tamaños rela­ti­vos de titu­lares y el orden en que los distin­tos países son nombra­dos. La nomen­cla­tura juega un papel impor­tante en el pensa­miento nacio­na­lista.

INESTABILIDAD

La inten­si­dad con que son senti­das no impide que las leal­tades nacio­na­lis­tas sean trans­fe­ribles. De parti­cu­lar interés es la retrans­fe­ren­cia. Un país u otra unidad que ha sido idola­trada por años puede repen­ti­na­mente deve­nir odiada, y otro objeto de afecto puede tomar su lugar casi sin un inter­valo. En Europa conti­nen­tal los movi­mien­tos fascis­tas reclu­ta­ban a sus segui­dores en su mayoría de entre los comu­nis­tas. Lo que perma­nece constante en el nacio­na­lista es su estado mental: el objeto de sus senti­mien­tos puede cambiar, y hasta ser imagi­na­rio.

Pero para un inte­lec­tual, la trans­fe­ren­cia tiene una función impor­tante. Hace posible para él ser mucho más nacio­na­lista –más vulgar, más ridí­culo, más mali­gno, más desho­nesto- de lo que jamás podría ser en nombre de su país nativo, o de cualquier unidad de la que tuviese real cono­ci­miento. Cuando uno ve la basura preten­ciosa que se escribe sobre Stalin, el Ejér­cito Rojo, etc., por gente bastante inte­li­gente y sensible, uno se percata que ello sólo es posible porque algún tipo de dislo­ca­ción ha tenido lugar. En socie­dades como la nues­tra, es inusual para cualquier persona que se describa como inte­lec­tual el sentir un apego muy profundo a su propio país. La opinión pública –esto es, la sección del público de la cual él es inte­lec­tual­mente consciente- no se lo permi­tirá. La mayoría de la gente que lo rodea es escép­tica e indi­fe­rente, y él puede adop­tar la misma acti­tud ya sea por imita­ción o por pura cobardía: en tal caso habrá aban­do­nado aquella forma de nacio­na­lismo que se encuen­tra a su más cercano alcance. Pero él todavía siente la nece­si­dad de una Patria, y es natu­ral que la busque en algún otro lado. Una vez que la ha encon­trado, puede indul­gir en exac­ta­mente aquel­las emociones de las cuales él cree que se ha eman­ci­pado. Dios, el Rey, el Impe­rio, la Bandera –todos los ídolos aban­do­na­dos pueden reapa­re­cer bajo dife­rentes nombres, y dado que no los reco­noce como lo que son los puede adorar con una buena conscien­cia. El nacio­na­lismo trans­fe­rido, como el uso de los chivos expia­to­rios, es una forma de lograr la salva­ción sin tener que alte­rar la propia conducta.

DESCONEXIÓN CON LA REALIDAD

Todos los nacio­na­lis­tas tienen la capa­ci­dad de obviar las analogías entre hechos simi­lares. Las acciones son teni­das como buenas o malas, no en aten­ción a sus propios méri­tos, sino de acuerdo a quién las realiza, y prác­ti­ca­mente no hay clase alguna de barba­rie –tor­tura, la toma de rehenes, trabajo forzado, depor­ta­ciones en masa, penas de cárcel (o ejecu­ciones) sin juicio previo, falsi­fi­ca­ción, asesi­nato, el bombar­deo de pobla­ciones civiles- cuya cali­fi­ca­ción moral no cambie cuando es come­tida por “nues­tro” bando.

El nacio­na­lista no sólo no desa­prueba las atro­ci­dades come­ti­das por su propio bando, sino que además tiene una notable capa­ci­dad para ni siquiera ente­rarse de ellas. Durante seis años los admi­ra­dores de Hitler en Ingla­terra se las arre­gla­ron para no ente­rarse de la exis­ten­cia de Dachau y Buchen­wald. Y aquel­los que más ardien­te­mente denun­cia­ban los campos de concen­tra­ción alemanes esta­ban muchas veces en desco­no­ci­miento de que también había campos de concen­tra­ción en Rusia. Even­tos notables como la hambruna de Ucra­nia de 1933, que invo­lu­cra­ron las muertes de millones de perso­nas, han esca­pado la aten­ción de la mayoría de los rusó­fi­los ingleses. En el pensa­miento nacio­na­lista hay hechos que pueden ser a la vez cier­tos y falsos, cono­ci­dos y desco­no­ci­dos. Un hecho cono­cido puede ser tan inso­por­table que habi­tual­mente es descar­tado y no se le permite entrar en proce­sos lógi­cos.

Todo nacio­na­lista se obse­siona con alte­rar el pasado. Se pasa parte de su tiempo en un mundo de fantasía en el que las cosas ocur­ren como deberían –en que, por ejem­plo, la Armada Española fue todo un éxito o la Revo­lu­ción Rusa fue aplas­tada en 1918– y trans­fe­rirá frag­men­tos de este mundo de fantasía a los libros de histo­ria cada vez que pueda. Hechos impor­tantes son supri­mi­dos, fechas alte­ra­das, citas remo­vi­das de sus contex­tos y mani­pu­la­das para cambiar su signi­fi­cado. Even­tos cuya ocur­ren­cia se piense que no debió darse son omiti­dos y en última instan­cia nega­dos. En 1927 Chiang Kai Shek quemó cien­tos de comu­nis­tas vivos, y sin embargo 10 años después se había conver­tido en uno de los heroes de la Izquierda. El reali­nea­miento de la polí­tica inter­na­cio­nal lo había traído al campo anti­fas­cista, así que de alguna manera se llegó a pensar que la quema de comu­nis­tas vivos “no contaba”, o quizás no había ocur­rido. El obje­tivo prima­rio de la propa­ganda es, por supuesto, influen­ciar la opinión contem­porá­nea, pero aquel­los que rees­cri­ben la histo­ria proba­ble­mente creen en una parte de sí mismos que están real­mente rear­mando los hechos hacia el pasado. Cuando uno consi­dera las elabo­ra­das falsi­fi­ca­ciones que han sido come­ti­das para demos­trar que Trotsky no tuvo un papel impor­tante en la Guerra Civil Rusa, es difí­cil sentir que las perso­nas respon­sables esta­ban simple­mente mintiendo. Más probable es que ellos sintie­ran que su propia versión era lo que había ocur­rido a los ojos de Dios, y que había justi­fi­ca­ción plena en reor­de­nar los regis­tros de acuerdo con ello.

Algu­nos nacio­na­lis­tas están no muy lejos de la esqui­zo­fre­nia, viviendo muy felices entre sueños de poder y conquista que no guar­dan conexión alguna con el mundo real.
George Orwell


Las dos guerras mundiales y el fascismo, son fenómenos de raíz nacionalista. El nacionalismo siempre aspira al privilegio (privi+legio, es decir ley privada, ley a medida). Los rasgos étnico-culturales son como la marca del ganadero que han impreso y cultivado las elites, similar también al uniforme, signos y bandera que identifica a los miembros de un ejército, todo para el más efectivo pastoreo para los más altos fines; los fines de la clase alta, la dominante.

De ahí deriva el concepto personalista y patrimonialista del estado y el partido nacionalista: Son totalitarios, como Mussolini, su objetivo es el estado total: “El estado soy yo y lo manejo como si fuese mi casa”. Las oligarquías nacionalistas separatistas pueden ponerse de acuerdo con las centrales para una separación, en caso contrario, la guerra abierta (declarada o no) es la única manera.

En Alemania, se tuvo que crear el concepto de "patriotas constitucionales" por horror a recordar el pasado nazi y la complicidad de todo un pueblo.

Los cuatro pilares que sustentan al nacionalismo son:

- Exaltación del territorio y de la raza, por encima de los derechos y libertades de los habitantes. Las relaciones jurídicas en los sistemas jurídicos modernos se establecen entre sujetos de derecho, nunca entre territorios ni cosas.

- El enemigo común: (el estado central “opresor”). Invención de un culpable o chivo expiatorio —una etnia, un país— de los males de la población, al cual se deshumaniza y presenta como más incapaz, irracional, malvado. Fomento del odio para cohesionar al grupo.

- El victimismo: explotación política de agravios —reales o imaginarios— para justificar las reivindicaciones secesionistas, los liberticidios y los estallidos de violencia.

- La manipulación informativa: adulteración del pasado y del presente. Construcción de una realidad ficticia para engañar y dirigir a las masas, para afianzar los tres pilares anteriores. Sustitución de la historia por mitología, y del raciocinio por consignas y eslóganes. Recurso, habitual o esporádico, a métodos coercitivos para la homogeneización ideológica de la población. 
Eliminación —física, o social, profesional y política— de toda disidencia del “pensamiento único”, institucionalizado como verdad irrefutable. Manías de grandeza. Historia-ficción.


👦👧 ¿QUÉ PROBABILIDAD HABÍA DE QUE NACIÉRAMOS TAL Y COMO SOMOS?



Prácticamente, cero 

👦👧


Un estudio de la Universidad de Harvard ha calculado todos los condicionantes previos al nacimiento de un ser vivo. 
Es como si dos millones de personas jugaran con un dado de mil billones de caras y sacaran todos el mismo número. 

¿Alguna vez se ha preguntado qué probabilidades había de que fuera como es, de que tuviese ese pelo, esa altura o color de ojos? 

Es más: ¿alguna vez se has preguntado qué probabilidades había de que llegase siquiera a existir? 

El doctor Ali Binazir ha tratado de responder a esta pregunta en un artículo publicado en un blog de Harvard, que también ha sido plasmado en una interesante infografía. 

Por ejemplo, Binazir estima que un hombre, un padre, podría (y subraya podría) haber conocido a una madre entre 200 millones de mujeres, pero calcula que realmente habría conocido unas 10.000 a lo largo de 25 años. Una vez que los padres se conocen, los números no son más sencillos. Los seres humanos somos la combinación de un espermatozoide y un óvulo concretos y cada madre tiene una media de 100.000 óvulos fértiles durante toda su vida, mientras que el padre generó aproximadamente unos 400.000 trillones de espermatozoides totalmente diferentes por lo que la probabilidad de que el bebé que engendren seas uno mismo y exactamente uno mismo es de 1 entre 400.000 trillones. 
El doctor Ali Binazir estima que un padre podría haber conocido a unas 10.000 mujeres además de la madre con la que procreará 
Aunque para que se dé esa probabilidad, primero todos los ancestros tuvieron que nacer, crecer y reproducirse sabiendo que hay un 50% de probabilidades de que ocurra todo eso. Contando con que cada 20 años hay una nueva generación y que los primeros humanos aparecieron hace más o menos 3 millones de años, nos deja con 150 generaciones que tuvieron que pasar el proceso estadísticamente casi imposible para llegar a un nacimiento, lo que equivale a una probabilidad de 1 entre 10 elevado a 45.000. Por último, la posibilidad de que en todas esas 150 generaciones se unieran el espermatozoide y el óvulo que dieron lugar a uno de los ancestros es de 1 entre 10 elevado a 2.640.000. 

Sabiendo todos estos datos, para saber la estadística exacta de que un individuo terminase existiendo hay que sumar todas esas cifras y da un resultado de 1 de cada 10 elevado a 2.685.000. Para hacerse a la idea a la idea de la improbabilidad de un nacimiento, hay que compararlo con otras cifras gigantescas, como que un hombre adulto de 80 kilos está formado por cerca de 10 elevado a 27 átomos, que el número de átomos que componen la Tierra es de 10 elevado a 50 o que el universo conocido está hecho de 10 elevado a 80 átomos. 
En resumen, la posibilidad de que una persona termine siendo exactamente esa persona y no otra es la misma que la de que dos millones de personas se juntasen para jugar cada uno con un dado con mil billones de caras y que todos sacasen el mismo número, es decir, casi cero. 
¡Todo un milagro!







He llegado a la conclusión, y pocas veces lo hago, de que el hombre es algo muy serio. ¿Recuerdan unas imágenes que poníamos hace un par de semanas sobre un funeral de un chimpancé? Una madre con un cariño enorme hacia su cría. Eso produce un impacto bestial siempre que vemos en seres que consideramos menos desarrollados que nosotros esos síntomas de afecto, nos llega. Pensamos muchas veces que los animales tienen una nobleza que nada deben envidiar de la mezquindad, la envidia y lo terrorífico que es el género humano. Cierto es que hay muchas especies animales que devoran a sus hijos, y que hacen cosas tan horribles como los hombres. No hay que alarmarse.


En las últimas décadas hay una corriente que nos dice que el hombre no es para tanto. Que no nos diferenciamos tanto de las otras especies. Yo creo que quién dice eso no sabe muy bien qué es el hombre, ni qué es la conciencia o el lenguaje. Esa corriente tiene su fuerza y tiene sus animadores. Somos naturaleza pero no somos como los animales. Muchas veces tenemos cosas peores que los animales, pero tenemos cosas que no están al alcance de ninguna otra especie. Ni lo estarán por los milenios de los milenios. Esas corrientes de pensamiento intentan decirnos, con toda su buena fe, que no hay tanta diferencia entre el chimpancé y nosotros. Siempre viene eso en grandes titulares: compartimos el 94% del ADN. Pero yo no sé qué tenemos en común con un chimpancé. Yo no veo que los chimpancés hablen, discurran o reflexionen.

El salto entre todo lo que puede hacer un animal, por inteligente que sea, y lo que es el ser humano me parece el mayor misterio de la humanidad. Me da la impresión de que se intenta hacer creer que no somos para tanto. Ese empieza a ser un error importante. Cuando uno se cree como un ladrillo más, se está infravalorando. Hay mucha gente convencida de que somos una herramienta más de la naturaleza. Pues yo pienso que no. Pienso que el hombre tiene en sí una esencia absolutamente milagrosa. Valen de poco los datos. Si somos tan parecidos en lo físico y en lo genético a otras especies, ¿en qué momento tuvimos ese salto extraordinario que nadie más ha tenido? ¿Es realmente explicable? No estoy hablando de religión. Esa x de la ecuación es muy irritante y no le gusta a muchos que ven la vida desde lo material. Prefieren que seamos como el chimpancé. Los animales son muy buenos en la mayoría de casos.

Decir esto es políticamente incorrecto. Habrá muchas personas que se lleven las manos a la cabeza. Pero les aseguro que muchas de esas personas no aman a los animales como yo, ni viven con ellos como yo. Pero soy consciente de mi misterio. Del misterio de un niño que comienza a hablar y reflexionar. Hay un chip que no tienen los demás. Ese chip es inexplicable. Ustedes pueden pensar lo que quieran. ¿Somos una pieza más o somos algo asombroso? Dicen algunos sabios que una de las grandes penas de la humanidad es que el ser humano trascurre por la vida sin ser consciente de su raíz divina. Simplemente si ustedes se ponen a pensar en lo que son capaces de discurrir y en la complejidad de su cerebro, tienen que ser muy necios para pensar que somos como el resto de los animales. Pero quieren que pensemos eso. Es estar muy ciegos.

Hay dos misterios: por qué somos como somos y por qué no nos dejan revalorizarnos como somos. 
Porque somos algo muy excepcional. 

El hombre como el gran misterio, ¿por qué esa lección nunca nos la enseñan? ¿Por qué hay muchas personas que vagan por la vida sin darse cuenta de que son excepcionales? Si empezamos a comprenderlo seguramente nuestra vida cambie y nos queramos un poco más. No somos piezas de un puzle. 


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¿DÓNDE ESTÁN LOS MILAGROS?



lunes, 16 de octubre de 2017

¿Cuál fue el origen de la hostilidad de Francisco de Quevedo hacia los catalanes?

"En tanto en Cataluña quedase un solo catalán, 
y piedras en los campos desiertos, 
hemos de tener enemigos y guerra". 
Francisco de Quevedo


¿Cuál fue el origen de la hostilidad 
de Francisco de Quevedo 
hacia los catalanes?
«Son los catalanes aborto monstruoso de la política», recita en una de sus obras. Las redes sociales han rescatado fuera de contexto las citas del poeta del Siglo de Oro, donde se muestra muy crítico con los habitantes de esta región de España
Madrileño de nacimiento, pero descendiente de unos hidalgos cántabros, Francisco Gómez de Quevedo Villegas se movió durante toda su vida con precariedad por la corte castellana. Para mantener su estatus de poeta oficioso de Madrid, el autor de «La vida del Buscón» tuvo que claudicar en numerosas ocasiones a favor de la opinión impuesta por el Conde-duque de Olivares, al cual no profesaba especial simpatía. Sin embargo, no parece que la hostilidad hacia los catalanes fuera forzada por nadie, sino representativa del clima de opinión que imperó en el contexto de la Sublevación de Cataluña en 1640.

El poeta vivió en primera persona el proceso de decadencia del Imperio español, que en el año de su nacimiento, 1580, estaba a punto de alcanzar su máxima expansión con la conquista de Portugal. No en vano, a su muerte en 1645 el panorama era muy distinto con la rebelión iniciada por los catalanes consumiendo tropas y recursos a un ritmo desconocido en España desde tiempos de la Reconquista.

La Sublevación de Cataluña tuvo su raíz en la hoja de reformas con la que el Conde-duque de Olivares buscaba repartir los esfuerzos y exigencias de mantener un sistema imperial entre los territorios que conformaban la Monarquía hispánica. Hasta entonces, Castilla había cargado de forma desproporcionada con los compromisos en Europa de la dinastía Habsburgo, y a esas alturas una profunda crisis demográfica azotaba las tierras castellanas. Las reformas fueron recibidas en Cataluña con gran hostilidad. Así, en mayo de 1640 se produjo un alzamiento generalizado de la población del principado de Cataluña contra la movilización de los tercios del ejército real. Esta tensa situación desembocó el 7 de junio de 1640 en el conocido como día del «Corpus de Sangre», cuando un pequeño incidente en la calle Ample de Barcelona entre un grupo de segadores precipitó la revuelta.
Richelieu no desperdició la oportunidad de debilitar a la corona española
«En tanto en Cataluña quedase un solo catalán, y piedras en los campos desiertos, hemos de tener enemigos y guerra», escribió Quevedo sobre un conflicto que se complicó por momentos. Los gobernantes catalanes se aliaron con el máximo enemigo de la Monarquía hispánica: el Reino de Francia. El cardenal Richelieu no desperdició una oportunidad tan buena para debilitar a la corona española y apoyó militarmente a los sublevados. Cuando las tropas deFelipe IV dieron la vuelta a la situación y estalló otra revuelta popular –en este caso, en apoyo a la corona hispánica–, los gobernantes rebeldes forzaron una alianza con Francia, donde Cataluña se constituía en república independiente bajo la protección de Francia. No obstante, ese mismo año, 1641, anunciaron que el nuevo conde de Barcelona sería Luis XIII de Borbón, rememorando el antiguo vasallaje de los condados catalanes con el Imperio Carolingio.

Luis XIII nombró un virrey francés y llenó la administración catalana de conocidos pro-franceses Pronto, la población de Cataluña se dio cuenta de su error. El pulso al Conde-duque de Olivares había desembocado en una guerra cuyos gastos militares estaban financiando ellos, justo la razón por la que iniciaron la revuelta. Durante casi una década, la región de Cataluña permaneció bajo control francés hasta que el final de la Guerra de los Treinta años, y el enfriamiento del choque hispano francés, permitió a Felipe IV recuperar el territorio perdido. Conocedor del descontento de la población catalana por la ocupación francesa, un ejército dirigido por Juan José de Austria rindió Barcelona en 1651.

Mientras tanto en Madrid, donde cada vez era más evidente que el Imperio español se desmoronaba a pasos agigantados, un ambiente de nostalgia y derrotismo invadió el clima de opinión. Francisco de Quevedo, que había renunciado a la corte y estaba retirado en un pueblo de Ciudad Real, apuntó a los catalanes como los causantes de todos los males del imperio, junto a otros muchos autores castellanos. Antes de fallecer el 8 de septiembre de 1645, el poeta dejó escrito: «Son los catalanes aborto monstruoso de la política. Libres con señor; por esto el conde de Barcelona no es dignidad, sino vocábulo y voz desnuda. Tienen príncipe como el cuerpo alma para vivir y como éste alega contra la razón apetitos y vicios, aquéllos contra la razón de su señor alegan privilegios y fueros. Dicen que tienen Conde, como el que dice que tiene tantos años, teniéndole los años a él. El provecho que dan a sus reyes es el que da a los alquimistas su arte; promételes que harán del plomo oro, y con los gastos los obligan a que del oro hagan plomo».

Relación de Castilla y Cataluña

En el contexto de una guerra que costó miles de muertos, la enemistad entre castellanos y catalanes era compartida. En 1640, un diplomático italiano informó que Barcelona se había convertido en «una ciudad sediciosa, rebelde y violenta». El odio flotó en ambas direcciones, sin que al final del conflicto quedaran grandes cuentas pendientes. En 1653, cuando los campesinos de la Cerdaña organizaron una incursión militar para reconquistar el valle que Francia se había negado a devolver al final de la guerra, su grito principal fue «¡Visca Espanya!» en apoyo a su relación con España.
Fue en el siglo XIX cuando los nacionalistas apuntaron a Castilla como su enemiga
De hecho, más allá de estos inevitables episodios de tensión entre los distintos reinos de la península, la relación entre Castilla y Cataluña fue de cooperación mutua desde la unión de las coronas de Castilla y León con Aragón. 

Como recuerda Henry Kamen en su último libro, «España y Cataluña: Historia de una pasión», en 1479 la ciudad de Barcelona comunicó a Sevilla: «Ahora somos todos hermanos». Fue muy posteriormente, a partir del siglo XIX, cuando algunos autores catalanes comenzaron a culpar a los castellanos y a la unión de coronas de haber causado perjuicio a las iniciativas empresariales de Cataluña durante siglos. Y la propaganda nacionalista sigue argumentando que la castellanización de Cataluña destrozó la economía de la región y atacó su cultura.



VER+:



DE CÓMO CATALUÑA SE VOLVIÓ RICA Y GALICIA, POBRE 



Antonio García-Trevijano y el parricidio catalanista